Parte del mundo está siendo sometido a la primera pandemia desde hace 40 años, el mal es conocido como gripe porcina o tipo A (H1N1). Aún no está claro como surgió, como resultado de que tipo de experimentos, lo que si está claro que estos “experimentos” sumados a las enfermedades y desastres originados en alteraciones ecológicas nos llevan –si no lo impedimos antes- al fin de la humanidad.
El Foro Humanitario Internacional (GHI, según sus siglas en inglés) dio a conocer, hace algo más de un mes, en Londres, un sombrío informe acerca de las consecuencias del calentamiento global. Entre los datos más penosos que se citan figura el cálculo de las 315.000 muertes anuales que son producidas en razón de hambrunas, enfermedades y desastres naturales, originadas en las alteraciones ecológicas registradas en el planeta. Siendo, obviamente, los más afectados los pobres del mundo.
Como siempre las responsabilidades no son parejas. El presidente del GHI, el ex-secretario general de la ONU, Kofi Annan, corroboró estas afirmaciones señalando que los 50 países con menos recursos en el planeta sólo han generado el 1% de las emisiones de dióxido de carbono, pero paradójicamente son los que soportan inundaciones, sequías, desertificaciones y hambre.
La aparición de la gripe A, que se suma a la que llaman “estacional”, (que produce en nuestro país alrededor de 3000 muertos por año) nos sumerge en la preocupación e intranquilidad, situación agravada por un Estado lento, parsimonioso y especulativo que tarda eternidades en dar las respuestas necesarias. Si no se genera una respuesta rápida y eficiente, que le pare las manos a los poderosos del mundo, la sistemática agresión al planeta generará males aún peores.